“Nos hacemos lectores porque alguien nos lee”

 

“Dar de leer no es un regalo, no es una buena obra, ni es algo divino. Dicho de otro modo, es el derecho que tienen todos los niños de contar con adultos que les lean”, afirmó la pedagoga y escritora colombiana en la jornada Lecturas en la primera infancia que se realizó la semana pasada en el ministerio de Educación de la Nación.

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Despertó sonrisas cómplices, aplausos y sobre todo, mucho silencio. Un silencio atento, de ese que se genera cuando hay un gran interés en escuchar qué dice la persona que está hablando. “Me conmoviste con tus palabras”, le dijo una maestra que tomó el micrófono cuando llegó el turno de las preguntas. Es que a través de un relato enhebrado en anécdotas simples, Yolanda Reyes les habló a los más de 700 docentes presentes en el salón Alfredo Bravo del Ministerio, sobre el derecho a la lectura como un derecho a la igualdad. La jornada se llevó a cabo el 6 de septiembre y fue organizada por el Plan Nacional de Lectura junto a la Dirección de Nivel Inicial.

Con la profundidad que habita en la sencillez de las frases de los chicos, Reyes enfrentó a los presentes al hecho de que lo que sucede en la primera infancia es crucial para el resto de la vida y los invitó a reflexionar sobre el rol de los mediadores de lectura –padres y maestros-, principales responsables del devenir de esa etapa en cada ser humano.

“En las frases de un niño se refleja, como en la gota de sangre analizada en un laboratorio, la calidad de su nutrición emocional y cognitiva”, aseguró al comienzo de su ponencia Cimientos de la casa imaginaria: poética y política en la primera infancia.

Yolanda Reyes es una pedagoga y escritora colombiana. También es la directora de Espantapájaros Taller, un proyecto de formación de lectores dirigido a niños, padres, maestros y bibliotecarios, que tiene sede en Bogotá.

“Todos los niños tienen el derecho a la lectura para poder operar con símbolos, para encontrarse con los que están lejos y cerca (y con los que ya se fueron), para pensar, organizar y planear, para saber lo que sienten, para aprender en igualdad de condiciones durante el resto de la vida”, precisó y aseguró que el “nutrirse de relatos” es lo que nos posibilita descifrar ese “otro” en la temporalidad; el tiempo de la ficción, el mundo de la metáfora.

 

LEER CON LAS OREJAS

“En tantos años de dar de leer a los más pequeños he constatado cómo su vida psíquica (en toda su riqueza cognitiva y emocional) depende de la calidad de su nutrición lingüística y literaria, y cómo la lectura se constituye en una herramienta educativa esencial que determina el curso de sus vidas”, señaló la escritora y aclaró que en la primera infancia los bebés “leen con las orejas”. Es decir, que hay una primera etapa de libros sin páginas, donde la música y el ritmo son más importantes que la letra.

“Sabemos que la historia del ser humano como sujeto del lenguaje se inicia antes del nacimiento, sabemos que los bebés son sujetos del lenguaje. Nacemos envueltos, perplejos y fascinados en el misterio de una voz que nos es familiar desde la entrañas. La madre que lee el llanto, el movimiento y lo descifra”, explicó Reyes para adentrarse en el concepto de “conciencia fonológica”. Una conciencia nacida de las rimas, las canciones, las envolturas sonoras que rodean al bebé y que van conformando –a lo largo de horas y horas de juegos y repeticiones- el capital simbólico que ese niño llevará consigo cuando llegue a un primer grado.  

 

“Existen tres momentos cruciales en la primera infancia; cuando aprendemos a comunicarnos, a hablar y luego a acercarnos al lenguaje escrito. Salvo contadas excepciones, la educación inicial no parece haberse percatado de que es durante esta etapa, la más fértil de la vida, cuando afrontamos los principales hitos que enmarcan nuestra relación con el lenguaje. Entre los cero y los seis años se dan los momentos simbólicos de mayor importancia: la paulatina conquista del lenguaje humano como capacidad de comunicación, la irrupción del lenguaje verbal, que descansa sobre esta matriz general, y el acercamiento al lenguaje escrito, también enraizado en esas conquistas. Es imposible encontrar hitos más complejos en la relación con el lenguaje. Lo que hacemos durante el resto de la vida es desarrollar esas habilidades y llevarlas a niveles cada vez más complejos de sofisticación”, precisó la pedagoga. “Uno de los mayores problemas de la educación en Latinoamérica es esa inequidad en las bases educativas, y digámoslo claramente, en las bases de la alfabetización en un sentido amplio, que crea brechas insalvables desde el comienzo de la vida”.

Por supuesto que esa “alfabetización en sentido amplio” a la que aludió Reyes  no se refiere a la decodificación de letras sino que plantea algo mucho más complejo, como la adquisición del mundo simbólico, que solamente se lleva a cabo cuando el lenguaje va más allá de lo fáctico. “Érase una vez, en un país muy lejano” dijo la escritora remarcando la importancia de los mediadores de lectura, y continuó su exposición, explicando que tan sólo basta mirar cómo niños de tres años toman un libro, la forma en que lo sujetan y lo miran, la manera en que corren o no las páginas, para comprender cómo es el universo simbólico de cada chico. “A los tres años ya son evidentes las diferencias de vocabulario, de expresión y de narrativa”, analizó.

 

“Estamos hablando de fomentar la curiosidad, de que los niños quieran saber, quieran expresarse. Nosotros, como adultos, debemos propiciar ese momento mágico en que los niños se hacen hipótesis de lectura y escritura, cuando descubren que hay letras y números, aún sin haber aprendido a leer”, planteó luego de mostrar en la pantalla que acompañó la exposición una filmina en blanco, símbolo de los niños que, producto de la desigualdad social, tienen la mirada vacía y asustada, de aquellos que no preguntan nada. “El capital simbólico inicial, tan mal repartido en Latinoamérica”, lamentó.  

Sobre el final de la charla, Reyes evocó la historia de un triángulo amoroso. “Todo comienza en una habitación iluminada por una lamparita, con alguien que nos cuenta un cuento. O más atrás, con una voz que nos arrulla cuando aún no tenemos las palabras. Nos marcan con un nombre, entre la infinidad de nombres, al que le vamos dando cara, lentamente; y nos entregan unos apellidos que amarran el pasado y que legaremos al futuro”, relató y propuso una hipótesis: “Quizás cuando crecemos, seguimos leyendo para revivir ese ritual, ese triángulo amoroso que cada noche unía tres vértices: un libro, un niño y un adulto. En esa escena primigenia está la clave de los proyectos de lectura. De un lado están los libros. Del otro, los lectores. Y en la mitad, esas figuras, los mediadores”.